viernes, noviembre 28, 2008

La vuelta de Chencho

Me ha tomado años leer esta novela y pienso que le ha pasado a muchos. Sin embargo, después de empezada, no se puede dejar a la mitad. La vuelta de Chencho, es -como tantos libros cubanos– un gran libro sin lectores, publicado dos décadas después de escrito, un gran libro abandonado, como los pobladores de El Sapito, barrio paupérrimo agazapado entre maniguales y charcas, húmedo de aguas estancadas, cerca de un hospital de tuberculosos, que uno imagina contiguo al exótico Hurón Azul, que el pintor Carlos Enríquez construye a partir de 1938 en una finca heredada de su familia. Cuando Chencho Martínez coge una guagua en la carretera, en el entronque de "La Palma", hace la ruta de los entierros : el paradero de la Víbora, con transferencias para Pocito, Toyo, Tamarindo, Agua Dulce y la Esquina de Tejas.

El único bohemio real de nuestros pintores – procedente de una familia de dinero– visita, en la última de sus incursiones narrativas, un barrio pobrísimo en el que habitan vendedores de colombinas, pirulíes y suspiritos, familias desahuciadas, fracasados en la vida, gente que vive de recoger en los basurales, conjunto sórdido, narrado en picaresca tristísima, por un espíritu «desencarnado», el de Chencho Martínez que de vuelta entre los vivos, escudriña la vida de su familia y las otras que dejó atrás, su mujer Regla Mercedes y su entenada Socorrito. A veces como en crónica roja: Zoila María "proscrita de una sociedad cuya histeria sanguinaria le arrebatara a su amante Tin Tan", la médium Nina, "que bajo la acción del trance llegaría a abusar del desparpajo", otras, como en los diálogos entrecortados por los episodios radiales del Conde Roberto. Están Atilio y Fosforito, apuntadores de la Timba grande de Arroyo Apolo, el gallego Celestino, dueño de "El sitio de Liborio", y sobre todo, el inválido Inocencio, alrededor del cual la novela esboza su intriga aparente, pues el barrio lo acosa, en su larga agonía, para buscar unas joyas escondidas que pertenecieron a su amante, una artista del Alhambra de nombre Blanca Marín.
No es una novela de peripecias, Chencho, en rigor, no es un pícaro, sino un pobre-diablo, que habita las sombras azuladas del espacio astral, navega en un carro de mudanzas o en los lomos de un caballo. Es un alma en pena, un alma sin luz. Se sabe muy poco de Chencho y mucho del barrio, a través de imágenes engañosas, alucinaciones de un real-maravilloso anterior y mucho más legítimo, pues la novela, según investigaciones de Sergio Chaple, está fechada en 1942. Y se sabe de una Cuba real, en los años de la guerra europea.
Cuando en una gran capital de América, un hombre se construye un pulmón de hierro para vivir artificialmente, los vecinos de El Sapito, vuelven con la compra del día, botellas, pirulíes, caramelos y duro-fríos: "la hora de los centavitos". Cualquiera pensaría que el narrador tiene piedad con los habitantes de su barrio, pero no, desde su muerte en vela, Chencho, desea con lujuria a Socorrito, que también coquetea con Inocencio para heredar su botín y los vecinos saquean, antes de tiempo, la casucha de pico del paralítico, en egoísta arrebatiña. Un barrio de despojos, amarres, fantasmas, curanderos y velorios, que desembocan en el camino de arcilla pálida del Trillo de la Lola. Sin embargo, pese a que Regla Mercedes entierra en la bahía una botella llena de humo para ahuyentar a Chencho, éste reaparece, después de una fuga aparatosa del hospital Calixto García - donde lo atiende el Dr. Ramírez Corría-, y de robar las las pertenencias de un difunto, entre las que encuentra un billete de lotería que ha ganado el premio gordo. Chencho asume entonces su absoluta categoría "surrealista" y reaparece en El Sapito con "el esplendor rumoroso de las sedas" para estupefacción general, rubricado con un «soponcio» de Regla Mercedes. Prepárese el lector para estas palabras de cubano antiguo como inquina, gandofia, cachanchán... y también para esta bellísima prosa:

Socorrito en la puerta, contemplaba la vida, triste y bullanguera al mismo tiempo, que se desarrollaba en el único camino de El Sapito. Los mismos de siempre, los compradores de hierros viejos, los portadores de rancho para los puercos, los carameleros. Los mismos de siempre, sólo que más sucios que ayer, más flacos que el año pasado y más pordioseros que toda la vida anterior. Con un asco tremendo abandonó la puerta, restando su presencia de corista a la ruta fangosa de aquellos miserables. Alguien pasaba pregonando:
Botella botellero,
Pomos de botica un caramelo,
Cambio jarritos por botellas,
Botella botellero,
Compro huesos, hierros viejos,
Mocho de escoba por caramelo.

Dedicado a Eva Frejaville, "cuya sonrisa llevo prendida en mis deseos".

miércoles, noviembre 12, 2008

Adela Escartín: toda la escena

En una de mis primeras entradas"Vivir en la piel de otra", escribí sobre Adela Escartín, la actriz canaria de larga y exitosa trayectoria en Cuba. Hace unos días leo que Sergio Aguiar Castellano realizó un esbozo biográfico muy completo en un suplemento del Norte digital, con referencias a La flecha, que agradezco mucho. Y eso me animó a buscar en la biblioteca, en el intento de ofrecer una imagen completa de la actriz y directora. Encontré una revista Cuba internacional con mi entrevista "Adela Escartín: toda la escena". Cuba Internacional Año I, no. 4 (octubre de 1969) : 58-61 con muy bellas fotos de Iván Cañas. Como el formato de la revista no cabe en mi escáner, faltan algunas palabras. Falta un recuadro que dice:

En una sala de Prado fue su primer accidente. Estábamos haciendo Donde está la luz, sabía que tenía poco espacio, pero tenía que saltar y salté. A la semana tuve que actuar con muletas.


La sala de Prado 260 fue la «salita»que tuvieron Adela y su esposo, el director Carlos Piñeyro, la misma donde un tiempo antes estuvo el Atelier de Adolfo de Luis. Y Donde está la luz es la pieza de Ramón Ferreira, el cuentista y dramaturgo cubano, también autor de El hombre inmaculado, una obra maldita hasta la puesta de Teatro Avante en Miami. Adela dirigió también, Un color para este miedo, del mismo autor y viajó con una de ellas a un Festival Panamericano, en México, en 1958. De haber sabido más de su interés por el teatro cubano, la entrevista hubiese sido más rica.
Hoy sé muchísimo más de Adela que cuando la entrevisté, cuando fui su alumna. Para mi decepción, la entrevista, que casi no recordaba, contiene poquísima información. Sé por ejemplo que hace La gioconda, de D'Annunzio, dirigida por Andrés Castro, que la conoce en Nueva York, y que a pesar de sus gráciles movimientos y su bella figura, la crítica apunta que no se le oía bien. Estamos en 1949. En 1950 hace pareja con Vicente Revuelta, también dirigida por Castro en la Yerma que llegó a ser su marca de identidad y empieza esa relación tan intensa con Revuelta, de la que ya hablé. Y en 1951, hace Juana en la hoguera, de Honegger-Claudel, dirigida por Baralt en la Plaza de la Catedral, otro hito de la escena de la época.
La entrevista no es inquisitiva sino una muestra de afecto de la alumna a su maestra y sigue siendo eso. No más. Entonces no sabía las muchísimas historias, desencuentros, odios y rencores que atesoraba esta mujer que perdimos de vista cuando viajó a España en el ¿72? pero nunca del recuerdo.
Las fotografías de Adela en la escena de la nana en Yerma, de Federico García Lorca o con Vicente Revuelta pertenecen a la puesta de Andrés Castro en 1950. Estrenada en el Palacio de los Yesistas, en las calles Xifré y Maloja, en La Habana.

domingo, noviembre 09, 2008

El cuaderno de Víctor

Aunque La flecha hace bastante poca crónica personal o familiar, hago una excepción para contarles que, gracias a la curiosidad de los periodistas y estudiosos del cine, los italianos Maruccia Ciotta y Roberto Silvestri, un corto de Felipe Herba, circa 1973, fue exhibido como sorpresa en el Festival de Sulmona, Italia, que dirige Silvestri, hace dos días. Se interesaron tanto por el corto -realizado en 16 mm- que ya tiene su versión en dvd.
Es un filme de corta duración, hecho entre amigos -todos cinéfilos- en broma, en buena parte improvisado, absurdo y loquísimo y se llama Victor's Notebook y por razones que no vienen a cuento y porque en él tiene una presencia entrañable -y decisiva– míster X, que ha devenido director de culto, el pequeño filme no podrá tener la vida lógica de cualquier obra después de su descubrimiento.

Y volverá a la lata en la que ha estado guardado desde entonces y quizás algún día a esos archivos Prelinger que me gusta tanto citar. Quizás me puse mucho más contenta que Felipe de pensar en el milagro que es el cine y en cuánto de azar hay en que algo que escribimos, pintamos o filmamos, interese a otros. Es un misterio y les ofrezco unos fotogramas.

viernes, noviembre 07, 2008

René Buch, fundador


Que yo sepa --salvo La caracola vacía (en una revista Lyceum)– René Buch, no ha publicado el teatro que escribió en Cuba a finales de la década del cuarenta, constituido a saber por La primavera y el mar (1947), Nosotros los muertos (1948) y Del agua de la vida (1948), a juicio de Natividad González Freire, la mejor realizada, como "retrato fiel de la vida opaca y mediocre de la clase media en una ciudad provinciana".
Como Jorge Antonio González, Roberto Bourbakis, Modesto Centeno, Nora Badía, y muchos otros, no publica sus textos y ya cuando González Freire escribe su libro, dice que de La primavera y el mar no queda en Cuba ningún libreto.
Estoy en estos días revisando Prometeo, la revista que es otra de las hazañas de Francisco Morín donde hay testimonio gráfico de las obras estrenadas por Buch en esta etapa. Las fotografías casi no permiten reconocer a los actores, pero en La primavera... aparecen Gaspar de Santelices y Carmen Montejo, que fueron dirigidos por Ramón A. Crusellas.

Jorge Antonio González escribió que “Si admiramos al principiante de La primavera y el mar, más aún admiramos al creador de la bella comedia en tres actos Del agua de la vida, “cuya acción ocurre en Santiago de Cuba, a principios de siglo. Más valiente y más seguro, Buch aborda el tema de la incomprensión." Esta segunda imagen corresponde a la pieza que el autor ubica en su ciudad natal. Todavía estamos a tiempo de publicar a Buch, que por mi experiencia con La caracola... es un escritor seguro, capaz, uno de los primeros en mirar dentro de sus personajes para conocer sus desequilibrios síquicos y su emocionalidad. A La flecha, le encantaría poder digitalizarlas para comprender una etapa rica y fundadora, que todavía asombra.
Les recomiendo la entrevista de Armando López a René Buch, con motivo del cuarenta aniversario de Repertorio Español. Creo firmemente en abrir puertas, dice con humildad.