jueves, octubre 30, 2008

Verbatim


El teatro documento regresa con un nuevo ropaje, es teatro verbatim, al pie de la letra. David Ladra hace un minucioso y profundo análisis en la revista Primer Acto 323 del retorno de una forma que si bien, nunca desapareció del todo, vuelve para hablar de las guerras, la corrupción y los procesos políticos que interesan a las comunidades. No hay espacio para la ficción, se teatraliza el documento, "despojado de toda contaminación ambiental y mediática, para que hablen por sí solos". En Inglaterra es fuerte hace más de diez años (David Hare, Nicolas Kent y el Tricycle de Killburn) y en Estados Unidos grupos como el Actors Gang apuestan por un teatro directo, de mensaje explícito, que toma de la farsa, el esperpento y del agit pro, aunque no conozco de ninguna experiencia norteamericana etiquetada como verbatim.
Hay quienes apuestan porque haya mucho más verbatim en la escena. ¿Por qué no aquí? se pregunta Ladra, a propósito de España, ante el auge de las producciones anglosajonas. Aunque disfruté mucho con Embedded, de Tim Robbins, lo mejor de la obra era no era lo documental sino lo farsesco con sus máscaras de Dick Rum-Rum y Gondola .
Cuando guardé, a la manera de Connie, este ejemplar muy manoseado de R y C, (la revista que antecede a Revolución y Cultura) que dedica un número completo al tema, pensaba que conservaba memorabilia y que del teatro documento no nos ocuparíamos más. Pero si vuelve, como ahora, la historia cubana es un terreno virgen para teatralizar procesos que nunca se publicaron, juicios silenciados y tribunales, con la ventaja que nuestros «interrogatorios» no empiezan con Falsa alarma, tienen una larga tradición y están en los bufos y en la música popular y por supuesto en La tremenda corte. Quién sabe cuánto de la historia no oficial podría ser contado verbatim.

miércoles, octubre 29, 2008

José Manuel Prieto: Treinta días en alguna parte


Animada e intrigada por las respuestas de José Manuel Prieto sobre el papel del testimonio en la obra literaria, ¿qué es si no que una novela sea o no importante por la capacidad de "ficcionar su momento"? o que hubo "comentaristas sincrónicos" con encanto, como Manuel Cofiño, o su asombro ante la reducida cantidad de escritores que no escriben sobre las ciudades donde viven -como él– o lo de "mapear" ciudades. Como lo he leído mal y la entrevista tiene la virtud de no dejar indiferentes a los que nos gusta entrevistar, busqué Treinta días en Moscú (Mondadori, 2001) ( su libro de viajes, un encargo), periodismo al fin, en el que Prieto –gran conocedor de lo "ruso" por haber vivido en ese país como becario alguna vez y después como residente me supongo–, revisita el Moscú de los nuevos ricos, los nuevos templos, la nueva moda, la nueva cocina, los nuevos libros en los mercados, las nuevas películas en las carteleras de los cines y hasta los limpiabotas «asirios», que a manera de una no-guía-turística, intenta una mirada en subjetiva, al mismo tiempo que crispante, única.
Su estilo deliberadamente mal escrito -como español traducido- aunque no estoy muy segura si su idiomal se ha averiado por leer, conocer y vivir otros (nos pasa a todos), no funciona para un libro de viajes. En su estilo anfibológico, por ejemplo, dice que los rusos de principios del XX "viajaban a Africa, a Abisinia, y se traían de allá versos como Nikolai Gumiliov y traducciones del Popol Vuh, de México, como Kontantin Balmont." ¿Halló en México la traducción o el Popol.. es mexicano? Balmont, viajero constantísimo, se merecería un párrafo menos oscuro. Hasta donde sé, más que una traducción -- la primera al ruso- es una representación simbolista del libro sagrado de los mayas, una temprana aproximación inter-cultural del trotamundos que conoció Australia, India, California, cruzó mares y continentes, pero al final, también se quedó rumiando, en París, su pasado.
A mí me sirvió para evocar mi Rusia, la de tiendas con ábacos, donde se podía comprar a un precio razonable un prendedor laqueado de Palejh. El libro seguramente ya envejeció. ¿Tiene todavía trabajo el constructor de ventanas o la diseñadora de cortinas? ¿No estarán ahora de brazos caídos con este descalabro mundial?
¿Cómo vive los cambios Moscú que «no cree en lágrimas? Tal vez lo más permanente del libro sea la entrevista con Liudmila Petrushevskaya, si es que se realizó, que no hay manera de saberlo. El testimonio puede haber envejecido pero ojalá que el lenguaje lo sostuviera.

lunes, octubre 20, 2008

Sin título



Ayer, Santa Mónica se veía así, nublada, como casi siempre en estos meses.

viernes, octubre 17, 2008

Dulce María en sus cartas no extraviadas


Esta búsqueda mía en libros de memorias y epistolarios – a veces me animo y escribo de esto en el blog– no obedece a un capricho ni a una súbita curiosidad, sino a una obligación que me impongo en el afán de saber cómo es percibido el teatro por muchos intelectuales. La mayoría de las veces no encuentro ninguna referencia, pero de todas maneras, algunos libros me interesan como Cartas que no se extraviaron, parte de la correspondencia de Dulce María Loynaz. Tiene dos partes muy diferenciadas, las cartas del periodo 1932-1942, dirigidas a amigos e intelectuales, y la segunda, 1971-1991 que tienen un sólo destinatario: Aldo Martínez Malo, el periodista pinareño que la visita, se declara su admirador, le da confianza y es el responsable en buena medida de su resurrección no sólo porque la obliga a escribir, reescribir, ordenar , sino porque le suministra – ella que escribió en papeles de Holanda– bolígrafo y hojas para que prosiga su obra interrumpida por más de veinte años. Si el libro es fiambre y lo conocen, pueden saltar la entrada, pero si les ha pasado como a mí, que nunca pude empatarme con uno, a lo mejor algo los sorprende, dentro de las pocas sorpresas que puede deparar una figura que pasó del total ostracismo y el silencio al renombre y la consagración casi al final de la vida.
En las cartas de la primera etapa hay dos a Ofelia Rodríguez Acosta, (autora de La vida manda, muy paseadora y viajera), a la poeta Josefina de Cepeda, –Loynaz le escribe y la visita en ocasión de sus enfermedades–-la segunda esposa de José Antonio Ramos que en las cartas es un "señor esposo que la ayuda a recobrar la salud". Dulce María se mueve de La Belinda al Vedado, de La Habana a Trinidad y a Nueva York, en plenitud de su vida, o a Santiago de Cuba, donde visita El Cobre y la tumba de Martí, un masacote de mármol. Sus humores son caprichosos y sus frases lapidarias."Huyo de lo pintoresco y de lo ameno como de los pintores vanguardistas". Y en todas es gentil, atildada, irónica. A Virgilio Piñera le contesta en 1938 que probablemente mal interpretó la excusa de un «criado« al que no es posible exigirle «filigranas diplomáticas» y se siente obligada a comentarle sus horarios: visita a su hermana, que vive en el ala derecha, de cuatro a cinco, a su madre de cinco a seis y a las seis suele llegar mi señor esposo a quien atiendo como es debido..."
En las cartas de la segunda etapa, no hay criados ni viajes ni tertulias familiares. Es una mujer en la inmensidad de un caserón, "una viuda, una criatura solitaria, quedada al margen del camino". Es una casa de fantasmas. Hay pasajes estupendos, como en el que recuerda lo que llama las impertinencias de Gabriela Mistral o en el que se molesta con la comparación con Virginia Woolf, una mujer loca que no escribe más que disparates. O la Bovary, una neurótica vulgar. Pero sigue escribiendo su libro Fe de vida, para que Pablo Alvarez Cañas no se le escape otra vez al exilio o la tumba. Lo peor es que la interrumpen "porque tocan a la puerta porque llegaron las papas, la cocinera se ha quedado sin grasa o el de la luz amenaza con llevarse el recibo"... Así todo, cuando se embulla, va a visitar a Regino Pedroso muy enfermo y le promete a Aldo "Si mi automóvil tuviera arrestos para tanto, yo iría a visitar a Ud. en su cama de hospital..."

"Quedada, pero no arrodillada. No sometida, ni siquiera al dolor".

jueves, octubre 16, 2008

Yo Publio (I)


No sé bien si tengo derecho a «juzgar» con criterios literarios un libro de memorias, cuyo sentido último me es completamente misterioso, sobre todo, al publicarse póstumamente, cuando su autor no puede recibir ni la compensación ni la diatriba. Si no se escribe por vanidad, se escribirá acaso ¿para después? Entre cubanos, donde el género memorias es limitadísimo, sobre todo, al final del del siglo XX, Yo Publio, del pintor Raúl Martínez, sorprende por su sinceridad y su desparpajo, su crudeza y su lirismo y nadie lo podrá soltar como una buena novela. La autobiografía de un pintor que casi no habla de su pintura, el relato de un ser humano acosado por muchas torturas —empezando por la de no aceptar su sexualidad— contado sin pinzas ni alfileres-, que aún en sus momentos más sórdidos y tiene muchos, desborda alegría por la vida y la existencia. Desde que me puse a perseguirlo en la biblioteca de UCLA (Universidad de California, en Los Angeles), donde al principio confundieron el título por el de Yo publico, al momento que lo encontré en sus atestados anaqueles, percibí por lo cuidado del diseño y la edición, la sobriedad de las notas, el inmenso esfuerzo que supuso, el largo tiempo de preparación de Yo Publio, que por ser un gran libro, seguro genera controversia.
Alejada de comentarios de pasillo o de tertulias, sin haber sido nunca (por desgracia) amiga de Raúl —y admiradora, como tantos, de su obra— lo leí con enorme agradecimiento —todo el que nos deja entrar en su intimidad lo merece— y Raúl lo ha hecho paso a paso, de su infancia en el pueblo matancero de Perico, –en el que se apagan y se encienden los cocuyos a su llegada a La Habana, –el Ten Cent de San Rafael, ¡qué maravilla!– su breve estancia en Chicago, su trabajo como oficinista en la Embajada norteamericana, su entrada al mundo de la publicidad, su relación con otros pintores—Luis Martínez Pedro, Lam, Servando Cabrera Moreno, Guido Linás— y con su amigo de cuarenticuatro años, el gran amor de su vida, el dramaturgo Abelardo Estorino, pero también con personas menos conocidas como Luis (Interián) y su hermano el Loco y su hermano el Serio y su padre —a quien quiere complacer sin lograrlo— y sus tantos flirteos, amores fugaces, amores de una sola noche, descritos con total franqueza, sin tapujos, en el mundo cultural cubano donde hay muchos gays pero pocos escriben sobre el tema ni se asumen como homosexuales en sus obras.
Si vida y profesión pudieran dividirse, lo estrictamente pictórico no es relevante al relato, escrito en 1992, cuando es el un pintor ¿establecido? que ha atravesado por distintas etapas, desde el abstraccionismo con Los Once hasta la más conocida, sus murales pop de figuras de la Revolución, en los que incluye a sus amigos y todavía hoy provocan más de una interpretación Veáse César Beltrán y Ernesto Menéndez Conde. El que quiera indagar sobre el pintor encontrará atisbos, recuerdos, una crítica por aquí o por allá, su admiración por Pollock al regreso de Chicago o menciones de artistas que lo influyen, pero ni siquiera podrá completar una cronología. Lo esencial de la narración es su vida emocional, sus amores, sus conquistas, sus afiebrados intentos y sus numerosos fracasos, que al plasmarse en blanco y negro, corren el peligro de parecer promiscuos, a veces triviales, vulgares o redundantes. Pero uno los acepta. Al menos, yo. A mí no me ha parecido “poquita cosa” lo que cuenta. ¿Qué será poquita cosa cuando se trata de más de sesenta años de la vida de un ser humano? ¿Un hombre que se sabe gay a en la adolescencia, hijo de una maestra y un idealista, que lucha contra esa inclinación hasta que la tolera, con profunda angustia ? Tampoco voy a entresacar pasajes, todo el que la lea sabe o intuye que hay más. Pero no hay derecho a más. Si se pierde una hoja del manifiesto de Los Once, alguien conservará la que falta o se perderá para siempre.

miércoles, octubre 15, 2008

Yo Publio (II)


Para leer «confesiones» hay que entrar, con respeto, en su laberinto, deseosos de avanzar con pudor, sin prejuicios, con el que escribe para hacer juntos el viaje y por el que nos lleva de la mano, el niño aquél que aprende a rotular carteles para el cine de barrio y se inicia con una prostituta, que en San Alejandro se excita con modelos que parecen esculturas de Fidias y el que fracasa para finalmente juzgarse humillado casi siempre o inseguro o titubeante. Pero no ceja, no deja de reinventarse ni de acudir a cuanto medio tiene disponible para aliviar el acoso, conciliar las mitades, encontrarse a sí mismo y vivir a plenitud. Estas confesiones tienen que haberle proporcionado a Raúl Martínez —el pintor de los coléricos Ches y las resplandecientes Lucías — ya enfermo, una gran tranquilidad espiritual. Y a nosotros, más de un estremecimiento, porque su filiación, el compromiso de su vida no está exento de piedras y espinas (leáse el pasaje con Raúl Milián) ni ser el pintor de la épica y la iconografía revolucionaria le hace más fácil la vida ni por eso lo comprendimos más (alguna vez cambia el “Yo creo” por PM en un mural del ICAIC ) o la etapa de marginación cuando deja de dar clases en la ENA y en la Escuela de Arquitectura sin ninguna justificación. ¿Que no lo cuenta todo? Que toda auto-biografía tiene sus claroscuros y sus vericuetos, seguramente. Un diario es un diario y nadie lo escribe para complacer peticiones.
Para nadie es un secreto que Raúl —y no sólo a través de Estorino— tiene una intensa relación con el teatro desde que en 1948 exhibe una colección de sus obras en el vestíbulo de ADAD. Estoy casi segura que hay una viñeta suya en la revista Prometeo. En 1954 hace la escenografía de Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, otra amistad de su vida, que dirige Andrés Castro en el Palacio de los Yesistas. Por esa suerte del azar concurrente, alguien me ha regalado una copia de copias de una fotografía en la que aparece el telón que debió ser deslumbrante. Era el malecón, el mar que significa tanto en Lila... y en la vida cubana. “Cuando se apagaron las luces y se levantó el telón, me percaté, asombrado, de que mi obra se convertía en un gran cuadro predominando por encima de los actores que declamaban” (262).
En la fotografía, si ponen algo de imaginación, están Enrique Pineda Barnet (Marino) y Elena Huerta.

viernes, octubre 10, 2008

Grotowski en Nienadowska


En este documental, que parece un video casero o un documento personal, Jerzy Grotowski vuelve a la aldea Nienadowska donde estuvo escondido con su madre y su hermano durante la ocupación nazi, mientras su padre partía a la guerra. Como un estudiante -mochila a la espalda-- el creador del Teatro Laboratorio y de las Trece filas redescrubre los lugares -la iglesia, el granero, la casa y su familia de adopción. Lo interesante es la hechura casera del filme, en el cual Grotowski se aproxima a los lugares, la propia inseguridad de su búsqueda y el respeto por no invadir demasiado los predios ajenos. Los pobladores lo reciben con una mezcla de alegría y temor. Al fin, encuentra a la dueña de la casa, trabaja todavía en el campo y regresa con sus vacas.
La cámara se concentra en la vida cotidiana de un lugar todavía muy pobre en los ochenta: una gallina, un paisaje abierto, el estado ruinoso de una vivienda. Desde esta aldea su madre caminaba kilómetros para encontrar una biblioteca. Aquí se habla de revelación, misterio, belleza de la vida natural, incidentes de niño que iluminan algo que no transmite el libro, la conferencia o el video, su concepción de la vida y del mundo en las conversaciones que escuchaba debajo de una mesa o al mirar el acoplamiento de los puercos desde el granero. Para los que como yo lo vimos alguna vez, de traje, en el podio, Nienadowska es muy penetrante. El gran director se sienta en el quicio con la anciana que lo protegió, su familia espiritual, habla a la cámara en inglés, ella quizás no lo entiende o sí, pero está sentada, quieta, a su lado, como si ambos encontraran un gozo por la existencia ya perdido.
Un Grotowski más sofisticado aparece entrevistando a su tía en un apartamento de la ciudad. Se parece al que vi de cerca, en una sesión del ISTA (mayo, 1996), gracias a Eugenio Barba. Patriarcal y jovial, le recomendó a los jóvenes actores, con cierta ironía, que entrenar era lo mismo que cepillarse los dientes todos los días. Con una primera parte narrada por Peter Brook, en el resto de la película -60 minutos- hay que lograr entender el acento de Grotowski. Sin subtítulos. O mejor dicho, con uno solo.

jueves, octubre 09, 2008

Pogolotti y los rugientes veinte

Son unas memorias tristísimas, como tantas. El niño Marcelo Pogolotti – hijo de padre italiano y madre inglesa– nace en La Habana en 1902, cuatro años después de la llegada de Dino a La Habana como secretario del cónsul norteamericano y para entonces ya propietario -con la herencia de su esposa Graziella– de un terreno de más o menos cinco caballerías entre la Calzada del Cerro y la explanada del campamento de Columbia, que incluía la finca de recreo Larrazábal. Sus memorias Del barro y las voces - que se han leído mal y pronto– abarcan casi medio siglo de la vida del pintor y escritor cubano, que sostiene que "Todos deberían hacer su autobiografía" "para dar cuenta, por lo menos a sí mismos, de su propia actuación, si no quiere andar a la deriva como leño inanimado”. Y lo hace, en «socrática investigación del barro» del que estamos hechos, a lo largo de muchísimos escenarios, de los salones de mármol blanco y negro de la quinta de Marianao al pueblo natal de su padre, Giaveno, Italia, donde mira pintar a su madre. "Los colores limpios y jugosos que ella exprimía sobre la paleta eran exquisitos manjares". En una de sus escalas en Nueva York "garabateaba muñecos" a bordo de buques donde se atreve a hacer apuntes de los pasajeros.
Las descripciones de La Habana de principios del siglo XX son estupendas, incluida la inauguración del barrio «obrero» construido por su padre en 1911, nombrado Redención, que es hasta hoy conocido como el barrio de Pogolotti. Los tantísimos amantes de Marianao deben volver al libro para ver salir a los obreros del Paradero de los Ferrocarriles Unidos hasta su trabajo en la ciudad y en Puentes Grandes. En Turín, en un colegio jesuita, de vuelta a La Habana, sus padres se han separado y aunque Dino viene a almorzar los domingos, Marcelo no tiene afecto paterno, aunque se enorgullece de sus proyectos y urbanizaciones. Hijo de extranjeros y de un matrimonio fallido, las memorias reflejan ese aislamiento, ese estar y no estar, que lo acercan muchísimo a la madre liberal. En 1913 coincide en el Candler con Carlos Enríquez, a quien los alumnos llaman Mosquito y en 1916 estudia la segunda enseñanza en Estados Unidos, en la Saint John Military School. "Los rascacielos crecían como setas y el edificio Woolworth, durante muchos años insuperado en altura, ya estaba terminado". Empieza la guerra y en ese país vive el ambiente de movilización y luego la euforia del armisticio. Matricula en 1919 ingeniería mecánica en el Rensselaer Polytechnic Institute y describe sus bailes de gala, sus rigores académicos, sus cultos, sus «fraternidades», las preferencias pictóricas de su madre -- Whistler, Turner,- los burdeles y las flappers. Testigo singular de los roaring twenties, regresa cada año a La Habana, en las vacaciones. Una Habana en la que las cosas andan de mal en peor, pierde a su madre y a unos pocos meses, a su padre. Abandona la ingeniería e ingresa en el Art Students League de Nueva York. Vive su bohemia con una joven rusa con la que frecuenta los teatros y la vida cultural. Según su recuento, escasea la originalidad, salvo en los ingeniosos y sagaces dibujos de John Held.
Con respecto a la pintura, empieza a aparecer una escuela americana, "con artistas que podían alcanzar la fama de sus predecesores como Mary Cassat y el fantástico solitario Pinkham Ryder".

De ahí otra vez a Europa. Cuando regresa en 1925 empieza a descrubir a Cuba en su interior. De ahí que en esos pasajes, la voz narrativa se deslumbre con el descubrimiento de las señas de identidad de la ciudad como un forastero. En la página 140 de la edición de 1968, empieza en realidad a hablar del pintor, al recordar el Salón de la Asociación de Escultores y Pintores, al que manda el dibujo de una lavandera negra planchando. Renace su amistad con Carlos Enríquez —que pinta a la rubia que después sería su esposa, la pintora norteamericana Alice Neel – "pintora de talento, cuya estancia en La Habana, mas bien breve, dejó buenos y duraderos recuerdos”. Entonces trabajaba en la Independent Coal Company, que sus padres le obligaron a aceptar. Cuatro años después escandalizaría a La Habana con su exposición de desnudos.
En 1926, bastante incapaz de administrar los negocios que heredó en estado caótico, intenta trabajar en la Florida, en el establecimiento de un arquitecto. Una vez más regresa a La Habana con los bolsillos vacíos y una vez más piensa en marcharse.. "La boga española seguía batiendo en pleno”. Los mantones de Manila relumbraban a la salida de los cines y los teatros , colmándolos de rosas gigantescas.” Pero en Nueva York, preocupado por las evoluciones del fox-trot (incluyendo modalidades prohibidas como el shimmy), el joven Marcelo compra el Times dominical por las ilustraciones de Tony Sarg.
Del barro y las voces. La Habana: Unión, 1968. Portada y diseño de Jacques Brouté