domingo, septiembre 24, 2006

La Víbora: mi barrio encantado




El certificado de nacimiento no debía registrar el sitio o rincón dónde por azar hemos venido al mundo, sino el que desde lejos se vuelve recuerdo y añoranza. La Víbora debía ser mi lugar de registro oficial. Confusos sus exactos límites territoriales, ser «viboreño» tiene algún significado. ¿ Dónde empieza y dónde termina? ¿ Y hasta dónde se extiende? Mi Víbora es un paseo personal. De Goss 342 al Edison blanquísimo, luego hacia el cine Alameda, después por 10 de Octubre hasta llegar al cine Tosca, en la Calzada mas bien enorme de de Jesús del Monte. O de Figueroa 364 doblando en Vista Alegre a la derecha, la casa de Celia Torriente y Gloria Puga --que custodiaron joyas y secretos de Luisa Martínez Casado-- y de ahí al parque más lindo del mundo y hasta el cine Mónaco donde una vez hubo una estrella giratoria y antes un circo de mala muerte.



Al parecer todo empezó en el siglo XVII, cuando ya Jesús del Monte tenía parroquia y sus pobladores necesitaban facilitar las comunicaciones con el Valle de Güines, el granero de la ciudad y el “paradero” se estableció como sitio de encuentro. Un médico alemán –atraído por las propiedades de un manantial -- colocó un letrero en su consultorio. El anuncio, con el emblema de la profesión, pero pintado por un yucateco, estampó una «víbora» en lugar del inofensivo majá. Y el nombre quedó para la eternidad. La historia, mucho mejor contada, está en las páginas de Los pasionistas y por eso doy veracidad a lo que podría ser el entramado de una deliciosa novela.
Después, según Eduardo Robreño, a los enfermos de afecciones pulmonares, les recomendaban las alturas de Jesús del Monte para mejorar su salud. Y surgió La Víbora con sus calles tan «santificadas» : de San Indalecio a San Mariano y de San Benigno a Santa Emilia y muchas más: todo el santoral. O las patrióticas : Juan Bruno Zayas, Mayía Rodríguez y Lacret y también sus árboles frutales: Mango, Coco y Tamarindo. Y su paradero proverbial. La casa de los Párraga. El Instituto. La Polilla. Sus hermosos parques con árboles frondosos. Sus casas.


El zapatero Juan y la ruta 14. Los Vitier frente al parque encantado. La trova de Teodoro Benemelis en el portal. El Niágara. Los novios en Los pasionistas, que debía recordar a la catedral de Burgos, pero es un neogótico «tropical» con la impronta sensual y danzante de Diego Reyes en sus paredes.
La Vibora desafía el tiempo y la destrucción y también mis recuerdos.

Las fotografías son de Félix Pedro Izquierdo y fueron tomadas en La Víbora en los primeros días de septiembre.

2 comentarios:

Anonymous dijo...

Uyyyyyyyyyyy, que nostalgía! Fuí muy feliz en la Vívora. Allí conocí a mi gran amor ya perdido, pero me quedan unos besos apasionados contra las rejas de las lindas casas del barrio, bajo una tenue oscuridad y con la cabeza llena de pájaros. Allí viví unos cuantos años y aunque soy "guajira" del Vedado, es la Vívora el pedacito de La Habana que mejor conozco después de mi barrio natal.
Allí tuve grandes amigas como Brose, su linda y revolucionaria abuela, Gaby, su mamá y su hermana. En fin, Rosa, gracias por este pedacito de memoria que no quiero perder.
María Isabel

Anónimo dijo...

La víbora, mi barrio, con el que aún sueño después de más de 40 años ausente de sus calles.